miércoles, 22 de marzo de 2017

Maupassant / Bola de sebo


Guy de Maupassant
BIOGRAFÍA

BOLA DE SEBO
    

Maupassant / Boule de Suif (Cuento en francés)

 DURANTE MUCHOS DÍAS consecutivos pasaron por la ciudad restos del ejército derrotado. Más que tropas regulares, parecían hordas en dispersión. Los soldados llevaban las barbas crecidas y sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio, sin bandera, sin disciplina. Todos parecían abrumados y derrengados, incapaces de concebir una idea o de tomar una resolución; andaba sólo por costumbre y caían muertos de fatiga en cuanto se paraban. Los más eran movilizados, hombres pacíficos, muchos de los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas, y los abrumaba el peso del fusil; otros eran jóvenes voluntarios impresionables, prontos al terror y al entusiasmo, dispuestos fácilmente a huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos, restos de una división destrozada en un terrible combate; artilleros de uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entre los cuales aparecía el brillante casco de algún dragón tardo en el andar, que seguía difícilmente la marcha ligera de los infantes.

martes, 21 de marzo de 2017

Triunfo Arciniegas / Tío Coyote y el hueso de cabra


Triunfo Arciniegas
TÍO COYOTE Y EL HUESO DE CABRA

El rabipelado y el coyote se encontraron en el bosque. El rabipelado estaba contento porque la suerte por fin le sonreía, pero el coyote llevaba casi una semana sin comer y se veía bastante mal.
–Ya se te asoman los huesos, Tío Coyote –dijo el rabipelado–. Con esa pinta nunca vas a conseguir novia.
–Tío Rabipelado, me pondré bien apenas coma –dijo el coyote–. Pero tú seguirás con ese rabo pelado aunque te comas un elefante. Eres el bicho más feo del universo.
–Con este rabo pelado, Tío Coyote, tengo más suerte que tú.
–Algún día serás mi cena, Tío Rabipelado, aunque después vomite.
–No me amenaces, Tío Coyote, y cuida tus pelos.
–¿Quién se atreverá a tocarme un pelo? –dijo el coyote–. Aún no ha nacido el triste rabipelado que me haga temblar.
–Puede que no, puede sí –dijo el rabipelao-. Sé que el hambre te hace decir cosas, Tío Coyote. No soy rencoroso. Más abajo, a la orilla del río, encontrarás lo que dejé de una cabra.
 –Gracias, pero no quiero las sobras de nadie –dijo el coyote.
Y se fue.
–Orgulloso y muerto de hambre –suspiró el rabipelado.
Le chillaban las tripas al pobre coyote.
Miró a todas partes y no vio al rabipelado.
Se acercó al río y encontró el esqueleto de una cabra. Los huesos estaban más pelados que el propio rabo del rabipelado. El coyote maldijo al rabipelado, pero se llevó un hueso a su cueva. Se preparó una sopa, se la comió toda y se durmió.
De pronto oyó un berrido espantoso:
–Beee, beee, vengo por mi hueso.
El coyote despertó como si lo hubiera tocado un rayo.
–Beee, beee, vengo por mi hueso.
El coyote, muerto del susto, sacó el hueso de la olla y lo arrojó a la oscuridad.
–Beee, beee, le robaste la sustancia a mi hueso.
–Perdóname –gritó el coyote.
 –Beee, beee, con eso no basta.
 –¿Qué quieres? –preguntó el coyote.
 –Beee, beee, quiero tus pelos.
 El coyote se arrancó unos pelos y los arrojó a la oscuridad.
–Beee, beee, quiero más pelos.
 El coyote arrojó más pelos.
 –Beee, beee, más pelos.
 El coyote arrojó el resto de sus pelos.
 -Ya no me quedan más pelos –dijo el coyote, adolorido.
 –Beee, beee, quiero que mañana me lleves flores y me pidas perdón.
Al otro día, todo pelado y tembloroso, el coyote recogió flores y buscó el esqueleto de la cabra. Hacía frío y lloviznaba.
–Perdón –dijo el coyote junto a los huesos.
De pronto, de la espesura salió una risa.
Era el rabipelado.
 –Beee beee –gritó.    


 Triunfo Arciniegas
Cuando el mundo era asi

lunes, 20 de marzo de 2017

Alan Sillitoe / La soledad del corredor de fondo / Reseña



Alan Sillitoe
LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO
Por Guzmán Urrero
Son dos metáforas de la época: la Inglaterra de porcelana blanca y los muros de ladrillo de las casas de clase obrera. En La soledad del corredor de fondo (1959), Alan Sillitoe definió el cortocircuito entre ambos mundos, deteniéndose en ese presente feroz de las barriadas, habitualmente dominadas por dos dioses atávicos: la furia y la necesidad.

Antonio Gamoneda / La prisión transparente / Reseña

Antonio Gamoneda

LA PRISION TRANSPARENTE


Nesciencia

En su último libro 'La prisión transparente' Antonio Gamoneda roe el hueso de lo existencial


FRANCISCO CALVO SERRALLER
14 FEB 2017 - 09:36 COT

En su recientemente publicado libro de poemas con el título La prisión transparente (Vaso Roto), Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) se entrega a esa extrema sabiduría invernal del no saber, un ascético ejercicio de despojamiento de todo lo circunstancial y aleatorio, quizás en busca del puro hueso de lo existencial. En este sentido, la prisión transparente es una especie de cárcel del espíritu que se retrae y recoge. La concisa fórmula elegida por este poeta como letanía verbal es un “no sé”, pero que se repite gráficamente en forma vertical, aunque, no pocas veces, en diagonal, lo que produce un efecto visual escalonado, siempre quedando en el aire lo que cada peldaño tiene de ascenso y descenso. Me parece muy importante la incertidumbre de esta conjugación interlineal tan sucinta por lo que tiene de escansión rítmica, que anima esta reflexión extrema sobre lo despojado, y por lo que este intervalo genera de distanciamiento entre la negación y la sapiencia, produciendo de esta manera un mutuo desequilibrio entre ambos términos. Se enclava esta “negación de la negación”, a mi modo de entender, en la médula histórica de la mejor poesía española, entre Juan de la Cruz y Quevedo, ambos ardientes prisioneros de sí mismos en pos de liberadora humillación, que es el retorno a la tierra, lo original del origen.

Willa Cather / La casa del profesor / Reseña


Willa Cather
LA CASA DEL PROFESOR

La grosera invasión del mterialismo


28 ENE 2016 - 20:13 CET
Por JOSÉ MARÍA GUELBENZU

"En 1923 Willa Cather publica Una dama extraviada (editorial Alba) y en 1925 La casa del profesor; ambas, novelas cortas; en ambas, una Willa Cather en la cumbre de su arte narrativo. Antes de estas dos, en 1918, había publicado una obra maestra: Mi Ántonia (Alba); después de ellas aparecería, en 1927, La muerte llama al arzobispo (Cátedra), otra obra maestra. Estos cuatro títulos colocan a la señora Cather en lo más alto de la narrativa norteamericana del siglo XX. No es casualidad que La casa… y Una dama… tengan un tema en común: la decadencia social de los nobles ideales. El drama vital del profesor St. Peter es que no soporta la grosera invasión del materialismo en la vida norteamericana. Ha publicado con éxito los cuatro primeros volúmenes de su obra magna, Aventureros españoles en Norteamérica, y su esposa le ha animado a comprar una casa nueva y adentrarse en el mundo del éxito y el dinero. Su hija mayor, Rosamond, ha contraído matrimonio con un animoso oportunista que se ha hecho rico al explotar la patente del trabajo de investigación de un alumno de St. Peter, Tom Outland. Tom fue acogido por la familia hasta su muerte en el frente en la I Guerra Mundial. La menor, Kitty, se ha casado a su vez con un hombre con talento al que el éxito le hace perder la exigencia intelectual". 





sábado, 18 de marzo de 2017

Derek Walcott / El amor después del amor

Derek Walcott

Derek Walcott
EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR
Llegará el momento en que, con alegría,
te saludarás al llegar a tu propia puerta
a tu propio espejo
y te sonreirás ante tu bienvenida,
y te dirás siéntate aquí, come.
De nuevo amarás al extraño que tú eras.
Sirve vino. Sirve pan
devuelve tu corazón a él mismo,
al desconocido que te amó toda tu vida,
a quien ignoraste por causa de otro.
Quita las cartas de la estantería,
las fotos, las desesperadas notas,
despega tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Festeja tu vida.


Muere el poeta Derek Walcott, premio Nobel de Literatura



Muere el poeta Derek Walcott, premio Nobel de Literatura


El escritor ha fallecido a los 87 años en su casa de la isla de Santa Lucía tras una larga enfermedad


ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA
17 MAR 2017 - 20:45 CET
"Las biografías de poetas difícilmente son creíbles", escribió en una inolvidable página Derek Walcott, fallecido hoy a los 87 años. Menos creíbles todavía resultarían, en rigor, los perfiles rápidos y apresurados de poetas cuya riqueza, complejidad y luminosidad se vuelven inapresables en unas palabras urgentes que se quisieran mínimamente justas. El caso del propio Derek Walcott, que recibió el Nobel de Literatura en 1992, es un buen ejemplo de ello: no es fácil, no es ni siquiera posible, resumir el sentido de una escritura de largo y muy fecundo recorrido tanto en la poesía como en el teatro, y que incluso en el ensayo crítico mostró una absoluta singularidad. Véase, en este sentido, su libro de 1998 What the Twilight Says (traducido entre nosotros dos años más tarde como La voz del crepúsculo por Catalina Martínez Muñoz), en el que el poeta caribeño examina las obras de, entre otros, Ted Hugues, Les Murray, V. S. Naipaul o Ernest Hemingway.

Marian Cotillard transforma sus labios





Marion Cotillard

Marian Cotillard transforma sus labios

La actriz ha publicado en su Instagram tres fotos con su nueva imagen

EL PAÍS
Madrid
8 MAR 2017 - 04:44 COT






Marian Cotillard siempre se ha mostrado contraria a la cirugía estética por eso ha sorprendido su cambio radical del que ella misma ha presumido en la redes sociales. La actriz francesa aparece con unos labios carnosos que no tienen nada que ver con los suyos naturales. Las tres fotos que Cotillard ha publicado en menos de 24 horas por las que cualquiera diría que ha sido mal intervenida de cirugía plástica corresponden en realidad a una obligada caracterización para su próximo papel en el cine en la película Rock'n Roll.

Marion Cotillard III



LAS MUJEREMÁS BELLADEL MUNDO

Marion Cotillard III





viernes, 17 de marzo de 2017

Lucia Berlin / Luto



Lucia Berlin
Luto

   



Me encantan las casas, todas las cosas que me cuentan, así que esa es una razón de que no me importe trabajar como mujer de la limpieza. Se parece mucho a leer un libro.
He estado trabajando para Arlene, de la inmobiliaria Central. Limpiando casas vacías, sobre todo, pero incluso las casas vacías tienen historias, pistas. Una carta de amor en el fondo de un armario, botellas de whisky vacías escondidas detrás de la secadora, listas de la compra..."Por favor trae detergente Tide, un paquete de linguine verdes y un pack de seis Coors. No pensaba en serio lo que dije anoche."

Últimamente he limpiado casas en las que alguien acababa de morir. Limpiar y acabar de clasificar las cosas para que la gente se las lleve o las done a la caridad. Arlene siempre pregunta si tiene ropa o libros para el Hogar de los Padres Judíos, que es donde está Sadie, su madre. Han sido trabajos deprimentes. O los familiares lo quieren todo y se pelean por las cosas más insignificantes (unos tirantes viejos y raídos, o un tazón), o ninguno quiere saber nada de lo que hay en la casa, así que solo he de meterlo todo en cajas. En ambos casos lo triste es qué poco se tarda. Piensa en ello. si murieras...podría deshacerme de todas tus pertenencias en dos horas como máximo.
La semana pasada limpié la casa de un cartero negro muy mayor. Arlene lo conocía, había estado postrado en cama con diabetes hasta que murió de un ataque al corazón. Había sido un viejo mezquino, severo, me dijo, uno de los patriarcas de la iglesia. Era viudo; su mujer había muerto diez años antes. Su hija era amiga de Arlene, una activista política, en el comité educativo de Los Ángeles.

-Ha hecho mucho por la educación y el derecho a la vivienda en la comunidad negra. Es una tipa dura -dijo Arlene, así que debía de serlo, porque eso es lo que dice siempre la gente de Arlene. El hijo es cliente de Arlene, y otra historia. Abogado del distrito en Seattle, es dueño de propiedades inmobiliarias en todo Oakland-. No diré que sea el amo de los suburbios, pero...

El hijo y la hija no llegaron hasta última hora de la mañana, pero yo ya sabía mucho de ellos, por lo que Arlene me había contado, y por otras pistas.. Cuando entré reinaba ese silencio que retumba en las casas donde no hay nadie, donde alguien acaba de morir. La vivienda estaba en un barrio decadente en Oakland Oeste. Parecía una pequeña granja, limpia y bonita, con un balcón en el porche, un jardín cuidado con rosales leñosos y azaleas. La mayoría de las casas alrededor tenían las ventanas condenadas con tablones, grafitis pintados. Viejos borrachines me observaban desde los escalones combados de un porche; camellos jóvenes vendían crack en las esquinas o sentados en los coches.

Dentro, también, la casa parecía un mundo aparte del barrio, con cortinas de visillo, muebles lustrosos de roble. el anciano había pasado mucho tiempo en una gran galería acristalada de la parte trasera de la casa, en una cama de hospital y una silla de ruedas. En las repisas de las ventanas se apiñaban helechos y violetas africanas, y cuatro o cinco comederos justo al otro lado del vidrio, para los pájaros. Un televisor enorme, un vídeo, un reproductor de CD; regalos de sus hijos, supuse. En la chimenea había un retrato de bodas: el hombre de esmoquin, con el pelo peinado hacia atrás y un bigotillo de lápiz; la esposa era joven y preciosa. Ambos posaban solemnes. Una fotografía de ella, vieja con el pelo blanco, pero con una sonrisa, ojos sonrientes. Solemnes también los hijos en las fotos de graduación, guapos los dos, seguros, arrogantes. La foto de bodas del hijo. Una bella novia rubia de satén blanco. Luego los dos en otra foto con una chiquilla, de un año más o menos. Una foto de la hija con el congresista Ron Dellums. En la mesilla de noche había una tarjeta que empezaba: "Perdona, tuve demasiado lío para ir a Oakland en Navidad...", que podría haber sido de cualquiera de los dos. La Biblia del anciano estaba abierta por el Salmo 104. "Él mira la tierra, y ella tiembla; toca los montes y humean."

Antes de que llegaran limpié los dormitorios y el cuarto de baño de arriba. No había gran cosa, pero lo que encontré en los armarios y el mueble de la ropa blanca lo amontoné ne distintas pilas sobre una de las camas. Estaba limpiando las escaleras, apagué el aspirador cuando entraron. Él fue cordial, me estrechó la mano; ella se limitó a inclinar la cabeza y subió las escaleras.Debían de venir directamente del funeral. Él llevaba un traje negro de tres piezas con una fina raya dorada; ella iba con un conjunto de cachemira gris y una chaqueta de ante del mismo color. Ambos eran altos, guapísimos. Ella se había recogido el pelo en un moño tirante. No sonrió en ningún momento. Él no dejó de sonreír.

Los seguí a las habitaciones. Él cogió un espejo ovalado con un marco de madera tallada. No quisieron nada más. Les pregunté si podían donar algo al Hogar de los Padres Judíos. Ella me escrutó con sus ojos negros.

-¿Te parecemos judíos?

Él se apresuró a explicarme que la gente de la iglesia Baptista Rosa de Sarón pasaría más tarde a recoger todo lo que dejaran. Y del servicio de material clínico a por la cama y la silla de ruedas. Mejor me pagaban ya, dijo sacando cuatro billetes de veinte de un grueso fajo que sujetaba con una pinza plateada. Me pidió que cunado terminará cerrara la casa y le dejara la llave a Arlene.

Me puse a limpiar la cocina mientras ellos estaban en la galería. El hijo cogió el retrato de bodas de sus padres, y sus fotos. Ella quería la foto de su madre. Él también la quería, pero dijo: No, quédatela. Se quedó con la Biblia; ella con la foto donde salía con Ron Dellums. entre las dos lo ayudamos a cargar el televisor, el vídeo y el reproductor de CD al maletero de su Mercedes.

-Dios, es horrible ver cómo está el barrio ahora- dijo él.

Ella no dijo nada. Creo que ni siquiera había echado un vistazo. Al volver dentro, se sentó en la galería y miró alrededor.
-No puedo imaginar a papá mirando los pájaros, o cuidando las plantas -dijo.

-Es raro, ¿no? Aunque creo que nunca he llegado a conocerlo de verdad.

-Él era el que nos ponía firmes.

-Recuerdo cuando te dio una azotaina por sacar un aprobado en matemáticas.

-No -dijo ella-, saqué un bien. Un bien alto. A él nada le parecía suficiente.

-Ya lo sé. Aun así...desearía haber venido a verle más menudo. Me horroriza pensar cuándo estuve aquí por última vez...Sí, lo llamaba mucho, pero...

Ella lo interrumpió, diciéndole que no se culpara, y luego coincidieron en que había sido imposible que su padre viviera con cualquiera de los dos, con lo absorbidos que ambos estaban por el trabajo. Procuraban darse la razón, pero se notaba que les pesaba.

Y yo soy una bocazas. Ojalá me hubiera callado.

-Esta galería es tan agradable...-dije de pronto-. Parece que vuestro padre era feliz aquí.

-¿Verdad que sí?-dijo el hijo sonriéndome, pero la hija me lanzó una mirada penetrante.

-No es asunto tuyo si era feliz o no.

-Lo siento -dije. Siento no poder soltarte un bofetón bruja malvada.

-No me iría mal un trago -intervino el hijo.-Aunque seguramente en casa no haya nada.

-Le mostré el armario donde había brandy y un poco de licor de menta y jerez. Les sugerí que pasaran a la cocina para revisar los armarios y enseñarles las cosas antes de meterlas en cajas. Se trasladaron a la mesa de la cocina. Él sirvió dos grandes copas de brandy, una para cada uno. Bebieron y fumaron Kools mientras yo vaciaba los armarios. Ninguno de los dos quiso nada, así que acabé rápido.

-También hay algunas cosas en la alacena...-Lo sabía porque les había echado el ojo. Una plancha antigua con el mango de madera tallada y el armazón de hierro forjado.

-¡Esa la quiero yo!- dijeron a la vez.


-¿Vuestra madre la usaba para planchar?-le pregunté al hijo.

-No la hacía para hacer sánwiches tostados de jamón y queso. Y con la carne en conserva para prensarla.

-Siempre me había preguntado cuál era el truco...-dije, yéndome otra vez de la lengua, pero me callé al ver que la hermana me echaba otra mirada de las suyas.


Un viejo rodillo de amasar, suave por el uso, sedoso.

-¡Lo quiero!-exclamaron los dos. 

Entonces ella sí se rió. El alcohol, el calor de la cocina le habían aflojado un poco el peinado, varios mechones se le ensortijaban alrededor de la cara, ahora brillante. Se le había ido el pintalabios; parecía la chica de la foto de graduación. Él se quitó la chaqueta y la corbata, se remangó la camisa. Ella me sorprendió admirando su magnífica complexión y me lanzó aquella mirada asesina. 

Justo entonces llegaron los empleados de Western Medical Supply a recoger la cama y la silla de ruedas. Los acompañé a la galería, abrí la puerta de atrás. Cuando volví, el hermano había servido otro brandy en cada copa. Estaba inclinado hacia su hermana.

-Haz las paces con nosotros -le decía-. Ven a pasar un fin de semana, así podrás conocer mejor a Debbie. Y a Latania ni siquiera la conoces. Es preciosa, idéntica a ti. Por favor.

Ella guardó silencio, pero pude ver que la muerte empezaba a ablandarla. La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos.

Asintió.

-Iré- dijo.

-¡Ah, eso es estupendo! -dijo él.Puso una mano en la de su hermana, pero ella retrocedió, apartó la mano y asió la mesa como una garra rígida.

Qué fría eres malvada, dije. No en voz alta. en voz alta dije:

-Apuesto a que aquí hay algo que los dos vais a querer...

Una plancha de acero antigua para hacer gofres, muy pesada. Mi abuela Mamie tenía una. No hay nada como esos gofres. Crujientes y dorados por fuera y tiernos por dentro. Puse la plancha entre los dos.

Ella sonrió.

-¡Eh, esa es para mí!

Él se echó a reír.

-Vas a tener que pagar una fortuna por exceso de equipaje.

-No me importa. ¿Te acuerdas de que mamá nos preparaba gofres cuando estábamos enfermos? ¿Con auténtico sirope de arce?

-El día de San Valentín los hacía con forma de corazón.

-Solo que nunca parecían corazones.

- No, pero le decíamos: "Mamá, ¡te han salido corazones perfectos!"

-Con fresas y nata montada.

Entonces saqué otras cosas, fuentes de horno y cajas de frascos para conservas que no eran interesantes. La última caja, en el estante más alto, la dejé encima de la mesa.

Delantales. De los antiguos, con peto. Cosidos a mano, bordados con pájaros y flores. Paños de cocina, también bordados. Todos hechos con la tela de los sacos de harina o retales de ropa vieja. Suaves y descoloridos, con olor a vainilla y clavo.
-¡Este lo hizo con el vestido que llevé el primer día de colegio en cuarto de primaria!

La hermana empezó a desplegar los delantales y los paños uno por uno, tendiéndolos sobre la mesa. Oh. Oh, repetía. Le caían lágrimas por las mejillas. Recogió todos los delantales y los paños y los estrechó contra su pecho.

-¡Mamá! -gritó-. ¡Ay, mamá querida!

El hermano también estaba llorando, y fue hacia ella. La abrazó, y ella dejó que la abrazara, que la meciera. Salí de la cocina y por la puerta de atrás.

Estaba todavía sentada en las escaleras cuando un camión aparcó delante y se bajaron tres hombres de la iglesia baptista. Los acompañé hasta la puerta de la entrada y a la planta de arriba, y les dije que podían llevárselo todo. Ayudé a uno con las cosas de arriba, y luego lo ayudé a cargar lo que había en el garaje, herramientas y rastrillos, una segadora para cortar el césped y una carretilla.

Bueno, pues ya está -dijo uno de los hombres.

El camión reculó para dar la vuelta y saludaron con la mano al irse. Volví adentro. La casa estaba en silencio. Los dos hermanos se habían ido. Entonces barrí y me marché, cerrando con llave las puertas de la casa vacía.

Lucia Berlin,
Manual para mujeres de la limpieza,



jueves, 16 de marzo de 2017

La belleza rota de Lucia Berlin, póstuma y triunfante


Lucia Berlin


La belleza rota de Lucia Berlin, póstuma y triunfante

domingo, 25 de diciembre de 2016

Roberto Careaga C.
Literatura
El Mercurio


Publicado el año pasado en inglés, y en 2016 en español, el libro "Manual para mujeres de la limpieza" recoge los mejores relatos de una autora prácticamente desconocida que ahora ha pasado a la primera línea de los cuentistas estadounidenses del siglo XX. 



Estaba sola, por eso Lucia Berlin empezó a escribir. Así al menos se los dijo a dos estudiantes de la Universidad de Colorado, Estados Unidos, en 1996, donde ella daba clases. A sus 60 años, tenía tres recopilaciones de cuentos publicados y, sin embargo, era casi una desconocida. Tras una vida llena de quiebres y abandonos, aunque también algo de esplendor y felicidad, Berlin había dejado de moverse. Instalada en la ciudad de Boulder, escribía y daba clases de literatura. Ya en ese tiempo arrastraba a todas partes un tubo de oxígeno: más que tanto fumar, fue la escoliosis la que terminó por dañarle un pulmón. Debía tener uno a su lado cuando le dijo a sus alumnos: "Empecé a escribir para arreglar la realidad".
Nacida en Alaska en 1936, Berlin creció siguiendo las destinaciones de su padre geólogo por Chile, México y diversos campamentos mineros de Estados Unidos. Aunque fue a fines de los 70 que empezó a forjar una obra, empezó a escribir a inicios de los 60 y, les dijo a sus alumnos en Colorado, fue para encontrar tranquilidad: "Cuando empecé a escribir estaba sola. Mi primer esposo me había dejado, echaba de menos mi casa, mis padres me repudiaban por haberme casado tan joven y luego divorciarme. Simplemente escribí para ir a casa. Era el lugar donde me sentía a salvo", contó, y añadió: "Escribo para arreglar en mi cabeza un momento o un hecho. Es por claridad emocional. Para ver lo que realmente siento por algo".
Hechos con retazos de su biografía, los cuentos de Berlin son historias de mujeres trabajadoras, con el dinero justo para criar a sus hijos, casi siempre golpeadas por abandonos y exceso de alcohol. Piezas de una memoria enhebrada por la pérdida, la amargura y la soledad que, sin embargo, nunca ceden al melodrama y, casi siempre, están escritos en un idioma luminoso y conmovedor. "Berlin es implacable, no se anda con contemplaciones, y aun así la brutalidad de la vida siempre queda atenuada por su compasión ante la fragilidad humana, por la inteligencia y la agudeza de esa voz narrativa, y su fino sentido del humor", anotó la escritora estadounidense Lydia Davis en el prólogo de "Manual para mujeres de la limpieza", una antología de sus cuentos que ha sacado a Berlin del secreto.
Publicado el año pasado en inglés, el volumen recoge 42 relatos que Berlin publicó en diversos libros. Impulsado por la propia Davis, y los escritores Stephen Emerson y Barry Gifford, apareció doce años después de su muerte, ocurrida justo el día en que cumplía 68 años. Y se transformó en un hito literario cuando The New York Times eligió a esa "reveladora colección" como uno de los cinco libros del año, "Manual para mujeres de la limpieza" corría en boca de autores y críticos como un descubrimiento formidable. "Hace un mes nadie sabía de Lucia Berlin", decía en agosto del 2015 Edmundo Paz Soldán. "Llegó a ganar un National Book Award y luego fue olvidada, hasta ahora, que aparece este libro para asegurarle un lugar de privilegio en la lista de grandes cuentistas norteamericanos. El aplauso ha sido unánime y merecido", añadía.
Tras años de publicar en pequeñas editoriales, Berlin fue lanzada al estrellato mundial póstumo por la poderosa editorial Farrar, Straus and Giroux y en 2016 "Manual para mujeres de la limpieza" apareció en español al alero de Alfaguara. Y sucedió lo mismo: sus relatos desgarbados, pero plagados de epifanías sedujeron a los lectores hispanos y el libro hoy aparece en casi todas las listas de recuentos del año, incluida la de El País. Un lector tan especializado en literatura estadounidense como el argentino Rodrigo Fresán llegó a escribir: "¿Estará mal decir que me parece mejor que Raymond Carver; que el desesperado sentido del humor de Berlin es más sentido que el del autor de 'Catedral'; que ese hombre jamás se atrevió a poner por escrito dentaduras postizas o bolsas de colostomía y brasieres que explotan o salas de emergencias y centralitas de hospital o lavaderos automáticos o prisiones o clínicas de abortos y de desintoxicación o asilos de ancianos con la 'gracia' de esta mujer?".
La emoción verdadera
Nacida como Lucia Brown, en 1958 la escritora se casó por segunda vez, con el saxofonista de jazz Buddy Berlin, y se quedó con su apellido. Instalados en Nueva York, vivió un fugaz inicio literario. Tuvo agente, publicó cuentos en la revista de Saul Bellow, The Noble Savage, llegó a escribir dos novelas (que destruyó) y siendo una joven promesa ligeramente conocida en el ambiente neoyorquino, se paseaba por el Greenwich Village mientras Ginsberg y Kerouac asistían a los recitales de John Coltrane y Ornette Coleman. "Una era excitante", dijo en una entrevista para la revista Gargoyle en 1990, en la que justo después le preguntaron por qué había dejado de escribir por 25 años: "Sí, paré de escribir, me casé tres veces, tuve cuatro hijos. Mi último divorcio fue en 1970. Crié cuatro hijos sola, enseñé en colegios, fui cada vez más alcohólica", respondió.
Berlin publicó 76 cuentos, en revistas y libros, y casi todos fueron recogidos en tres volúmenes "Homesick" (1990), "So long" (1993) y "Where I live now" (1999). De aquellos, los que fueron antologados en "Manual para mujeres de la limpieza" pueden leerse como gran relato de su existencia: la historia de una adolescente estadounidense criada con la aristocracia chilena en los 50, que luego deambula entre matrimonios que fracasan, tiene una serie de trabajos temporales en consultas médicas, haciendo la limpieza en casas particulares, como profesora, y lidia con un alcoholismo que, por ejemplo, la despierta a las cuatro de la mañana y la hace caminar cuadras para comprar una botella de vodka que bebe mezclada con jugo de grosellas mientras prepara el desayuno para sus hijos antes que se vayan al colegio. A esa narradora, que casi siempre podría ser la misma Berlin, la acechan los recuerdos de Chile y México, su madre inaccesible y frustrada, su abuelo alcohólico y abusador. Nunca la movió la amargura.
"Mis cuentos parecen sobre mí, pero usualmente es cuando siento amor hacia otras personas que vienen los cuentos. No puedo escribir pensando en mí todo el tiempo. Creo que se trata de un estado muy espiritual. Es casi como una religión. Suena cursi, pero es como rezar o cantar un himno o algo así. Y si me siento mal, no voy a escribir. Necesito estar en un estado muy positivo", dijo Berlin en esa entrevista en 1996 en Colorado. Y agregó: "Simplemente escribo lo que me parece emocionalmente verdad. Para sentir emocionalmente la verdad. Así fluye el ritmo y creo que la belleza, porque estás viendo con claridad".
Berlin contaba que desde niña les relataba historias a todos quienes quisieran escucharla. "Deja que te cuente mi aventura", era su frase típica según sus compañeras en el Santiago College, y así lo anotaron en anuario del último año. Pero formación literaria nunca tuvo, salvo la lectura. Los cuentos de Chejov fueron su modelo, como también la poesía estadounidense, especialmente de William Carlos William y Robert Creeley. "Aprendí de ellos a escribir con la mayor claridad y simpleza posible, al estilo del modo de hablar americano. Escribir desde la vida real, sin embellecerla. Creo que esa fue la mayor influencia que tuve. Me ayudó como joven escritora a no presumir, evitar lo romántico y a no intentar ser divertida, solo dejar que la historia sea ella misma", contó.
Sin instrucción formal en la escritura, ahora Berlin ha sido situada en torno al realismo sucio estadounidense de los 70 y 80. Y, por supuesto, junto a Raymond Carver, a quien ella veía como un par. "Escribía como él incluso antes de leerlo. Nuestros estilos vienen de nuestras raíces similares. No muestres tus sentimientos. No llores. No dejes que nadie te conozca, blablablá", dijo la autora. Pero allá donde Carver es puro control y frialdad, Berlin escribe con soltura, casi de manera intuitiva y no es raro que sus finales sean menos golpes de efecto que puertas abiertas. Pero ingenua no era: en el relato "Punto de vista", la narradora es justamente una escritora que nos va contando cómo enfrentar a los personajes del cuento que escribe, desde dónde construirlos y qué perspectiva asumir. Es un alarde técnico, y una forma no tradicional para involucrar al lector.
La ambición póstuma
"Lucia Berlin conquista por la soltura de su prosa, su irónica mirada sobre lo humano y su carga autobiográfica, que la torna entrañable", asegura el dramaturgo chileno Marco Antonio de la Parra, otro seducido por la autora. Mientras que el periodista Héctor Soto añade: "Sus relatos son raros, aparentemente desestructurados y desafiantes. Sus personajes son gente dañada, pero al mismo tiempo fuertes y con cero autocompasión. Estos magníficos cuentos desafían muchas de las convenciones del género. E invariablemente salen triunfantes. 'Manual para mujeres de la limpieza' revela a una autora excepcional".
Según Soto, el caso de Berlin recuerda al de John Williams, un autor olvidado y hoy aclamado por una novela que publicó en 1965, "Stoner". Aunque Williams tuvo cierto éxito , la carrera de Berlin fue pura discreción y rechazo: su cuento "Manual para mujeres de la limpieza" fue rechazado en revistas 13 veces. Para el narrador argentino Patricio Pron, se trata de algo no solo literario: "Su exclusión hasta este año de la lista de los grandes cuentistas norteamericanos ratifica al menos parcialmente que los excluidos (no solo) de la literatura son siempre los mismos: pobres, homosexuales, inmigrantes, negros, mujeres. Lucia Berlin fue mujer y fue pobre, y esa doble condición la excluyó pese a la evidencia (constatable por fin para quien lo desee también en español) de que se trató de una de las mejores autoras estadounidenses de relatos del siglo XX", escribió en Revista Ñ de Clarín.
"Siempre he tenido fe en que los mejores escritores tarde o temprano suben, como la nata montada, y acaban por cosechar el reconocimiento que se les debe: se hablará de su obra, se les citará, se comentarán en clase, se llevarán a escena, al cine, se les pondrá música a sus textos, se recogerán en antologías. Quizá con el presente volumen, Lucia Berlin empiece a recibir la atención que merece", escribió Lydia Davis.
Aunque a Berlin que no le interesó nunca ganar dinero con lo que escribía ni tampoco lograr elogios de The New York Times, sí pensaba en el futuro: "Me encanta la idea de que quizás me lean en mucho tiempo. Me encanta la idea de que alguna niña vaya a la biblioteca un día y descubra uno de mis libros. De alguna forma, soy muy ambiciosa", aseguró.
"Cuando empecé a escribir estaba sola. Escribí para ir a casa. Era el lugar donde me sentía a salvo", dijo Berlin.
"Siempre he tenido fe en que los mejores escritores acaban por cosechar el reconocimiento que se les debe", dijo Lydia Davis sobre Berlin.