viernes, 28 de abril de 2017

Vargas Llosa / Faulkner / Luz de agosto




Mario Vargas Llosa

BIOGRAFÍA

William Faulkner

Alumbramiento en agosto

La novela de Faulkner muestra el lado más siniestro y vil de la condición humana. Hoy, buena parte del mundo se empeña en parecerse a la sociedad apocalíptica que describió el escritor



EL PAÍS
26 de enero de 2013

Sólo hay un placer más grande que leer una obra maestra y es releerla. William Faulkner escribió Light in August en seis meses, entre agosto de 1931 y febrero de 1932, y sólo hizo unas pocas enmiendas al corregir las pruebas, algo que maravilla dada la complejidad de la estructura y la perfección de la prosa con que está escrita la novela, sin un solo desfallecimiento de principio a fin. Se ha traducido al español como Luz de agosto pero, ahora que acabo de leerla de nuevo luego de dos o tres décadas, tiendo a dar la razón a quienes piensan que acaso hubiera sido más justo llamarla en nuestro idioma Alumbramiento en agosto.

Vargas Llosa / Fernando de Szyszlo / La vida sin dueño



Fernando de Szyszlo

La vida sin dueño

Un aliento de libertad recorre las memorias del gran pintor Fernando de Szyszlo, que se quedó en Perú cuando Nueva York y París decidían los prestigios artísticos


MARIO VARGAS LLOSA
BIOGRAFÍA
24 DIC 2016 - 18:00 COT



FERNANDO VICENTE

Las memorias que ha publicado Fernando de Szyszlo son tan hermosas como el título de su libro: La vida sin dueño. Un aliento de libertad recorre, en efecto, todas estas páginas en las que evoca su vida, sin eufemismos, desplantes ni censuras, con tanta franqueza como inteligencia y lucidez. Su palabra guía al lector por una rica experiencia de nueve décadas en la que su vocación de pintor y la pintura son los protagonistas, y, junto a ellas, grandes artistas e intelectuales que conoció y frecuentó en Europa y en América, también muchos que lo fueron sólo en ciernes, la cultura y la política peruana en el último siglo, su vida pública y privada, las alegrías y desgracias, las ilusiones y frustraciones, y los amores apasionados —tres, precisamente— que encendieron esa larga existencia.

Vargas Llosa / Las seriales



Las seriales

Tras la extinción del comunismo, algunos ingenuos creíamos que el mundo había emprendido un camino hacia la libertad en vez de convertirse en un 'reality show'


MARIO VARGAS LLOSA
BIOGRAFÍA
21 ENE 2017 - 18:00 COT




Las seriales
FERNANDO VICENTE

La televisión ha encontrado por fin un producto original y divertido al que está sacando excelente provecho: las seriales. Ellas existían hace mucho tiempo en el cine, pues yo recuerdo que, en mi lejana infancia cochabambina (en Bolivia), todos los domingos, con mi amigo Mario Zapata, el hijo del fotógrafo de la ciudad, luego de la misa en La Salle nos íbamos al cine Achá a ver los tres episodios de la serial de turno —solían tener doce—, aventurera y tranquilizadora, porque en ella los buenos ganaban siempre a los malos. Pero después el cine las olvidó y, ahora, la televisión las ha resucitado con éxito.

jueves, 27 de abril de 2017

Vargas Llosa / El país de los callados

Ilustración de Fernado Vicente


El país de los callados

Sólo 'Patria', la novela de Fernando Aramburu, me ha hecho vivir, desde adentro, los años de sangre y horror que ha sufrido España con el terrorismo etarra

Debo haber leído decenas de artículos sobre ETA, y muchos ensayos, pero sólo Patria (Tusquets Editores), la novela de Fernando Aramburu, me ha hecho vivir, desde adentro, no como testigo distante sino como un victimario y una víctima más, los años de sangre y horror que ha sufrido España con el terrorismo etarra. La novela nos seduce, nos soborna con su magia verbal y sus astutas alteraciones de la cronología y los puntos de vista, hasta convencernos de que aquella historia no está escrita, que es la vida pura y simple, y que estamos sumidos en ella viviéndola a la par que sus personajes. Hace tiempo que no leía un libro tan persuasivo y conmovedor, tan inteligentemente concebido, una ficción que es a la vez un testimonio tan elocuente sobre una realidad histórica como lo fueron, en su momento, la novela de Joseph Conrad The Secret Agent, sobre los anarquistas londinenses del XIX, o La Condition humaine, de André Malraux, sobre la Revolución China.

Fernando Aramburu / Ávidas pretensiones / Premio Biblioteca Breve

Fernando Aramburu gana el Biblioteca Breve con ‘Ávidas pretensiones’

El escritor asegura que" los poetas conforman un mundo más cerrado, lleno de rivalidades”



El escritor donostiarra Fernando Aramburu en París. / DANIEL MORDZINSKI
Rencillas, odios, rivalidades, amor, sexo, alcohol y “muchos pecados”. Todo ese cóctel en una sola copa quizá sólo pueda servirlo el mundo de las letras y, más que ningún otro, el gremio de los poetas. Durante tres días y dos noches un grupo de ellos practicarán o sufrirán cada uno de esos sentimientos y experiencias en unas jornadas poéticas en un convento regido por monjas... Son las coordenadas de Ávidas pretensiones, sátira salvaje con la que el reconocido escritor vasco Fernando Aramburu ha obtenido el premio Biblioteca Breve de novela, que convoca Seix Barral.

Fernando Aramburu / Años lentos / Premio Tusquets

¿Cómo se escribe una tragedia?

Así es 'Años lentos', al obra con la que el escritor Fernando Aramburu ha ganado el VII Premio Tusquets Editores de Novela


Pasaia (Gipuzkoa), en 2000. / CHRISTOPHE SIMON (AFP GETTY IMAGES)
En El trompetista del Utopía Fernando Aramburu dibujaba algunos personajes de difícil olvido. No por la nitidez de sus perfiles psicológicos, sino paradójicamente por todo lo contrario: por ese cruce de indeterminación moral, mezcla de desprendimiento y ruindad. En Años lentos, con el que gana ahora el VII Premio Tusquets Editores de Novela, el escritor vasco repite esa arriesgada operación. En realidad, los riesgos son dos. Los hay técnicos y éticos. Crear un personaje y ponerlo en una trágica situación histórica, en el origen de ETA, exige la excelencia de una estrategia narrativa que impida el maniqueísmo moral. Aramburu resuelve con creces la encrucijada ante la cual su novela lo ponía. Incluso estaría por decir que una instancia, la ética, depende no tanto de la voluntad del autor, como de su pericia y sensibilidad para gestionar la sala de máquinas de su relato. Quiero insistir en este capítulo porque me parece que Fernando Aramburu hace recaer en el método de representación que ha ideado para su novela su peso y su eficacia estética.

miércoles, 26 de abril de 2017

Juan José Millás / De adolescente, me prohibieron las novelas

Juan José Millás

A mí, de adolescente, 

me prohibieron las novelas


El País, 20 de agosto de 2016

A veces me llaman profesores de enseñanza media para que acuda a sus centros de trabajo e intente convencer a sus alumnos de que lean.
-¿De que lean qué? -pregunto.
-Cualquier cosa -dicen-. Novelas, por ejemplo.
A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas. Las leía debajo de las sábanas, sujetando con los dientes la linterna con la que mi padre nos miraba la garganta cuando teníamos anginas. Mi padre no era médico: nos veía la garganta por vicio. Tampoco yo era un lector profesional. Me asomaba a la boca de los libros por una inclinación morbosa. Jamás pensé que esa actividad formara parte de mi educación, aunque más tarde comprendería que se empieza a leer por las mismas razones por las que se empieza a escribir: para comprender el mundo.

Leila Guerriero / Sin salida

Leila Guerriero
Leila Guerriero
SIN SALIDA

EL PAÍS
25 ABR 2017 - 17:00 COT

Éramos como dos samuráis ofreciéndonos el cuello el uno al otro, por ver quién cortaba primero. Yo no tenía 20 y él, entonces, 40. Le debía respeto, era mi padre, pero hacía rato que yo no usaba esas convenciones. Era verano, yo estaba en el pueblo en el que nací, y no sé por qué discutimos aquel día. Nunca gritábamos, solo nos mirábamos de un modo en que yo jamás he mirado a nadie y él, supongo, solo a gente a la que ha querido matar. Lo dejé de pie en la cocina, tomé las llaves del auto, me subí y di marcha atrás para sacarlo del garaje chirriando, como en una mala película. Era un Torino, un auto de fabricación nacional, una bestia repleta de motor y caballos de fuerzas. Salí de la ciudad rumbo a la ruta, sin plan. Solo quería hacer algo, mover algo en el mundo. Escuchaba a todo volumen a Los Redonditos de Ricota, una banda que era mi Biblia, cuando se reventó un neumático. Venía un camión de frente. Frené como me había enseñado mi padre —mi padre— con la palanca de cambios, y terminé en la banquina, a metros de un canal. Usaba —uno no olvida esas cosas— un vestido floreado y alpargatas. Bajé. Me obligué a detener el beat de mi corazón. Abrí el baúl, saqué las balizas, la llave cruz, el gato, la rueda de auxilio. Unos nenes que estaban pescando se acercaron a ayudarme. Les dije que no hacía falta. Cambié el neumático, ajusté las tuercas, quité el gato, volví a ajustar las tuercas un poco más. Todavía con el recuerdo del auto removiéndose como un pez demasiado grande fuera de control, subí, lo puse en marcha, volví a la ruta. Y regresé a mi pueblo, despacio. “La ciudad siempre es la misma —decía Kavafis—. Otra no busques / —no la hay—, / ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra”. La única salida de emergencia es la que llevamos dentro. Al menos, lo aprendí temprano.

EL PAÍS








Ray Loriga / “No voy a pedir perdón por la suerte. ¿Se pide perdón por la desgracia?”



Ray Loriga

“No voy a pedir perdón por la suerte. ¿Se pide perdón por la desgracia?”


MANUEL JABOIS
23 ABR 2017 - 05:56 COT





El escritor Ray Loriga.
El escritor Ray Loriga. JAIME VILLANUEVA

Ray Loriga (Madrid, 1967) vive cerca de la calle Génova, en Madrid. Su medida geográfica de todas las cosas, sin embargo, es el estadio Santiago Bernabéu.
Pregunta. ¿Por qué?
Respuesta. Viva donde viva tengo que llegar caminando en menos de una hora. Mi padre decía que después del Bernabéu la Tierra ya es plana.

martes, 25 de abril de 2017

McEwan y Swift / Sorpresas y estilos tardíos


McEwan y Swift 

Sorpresas y estilos tardíos

McEwan y Swift son dos de los novelistas británicos que me han dado más satisfacción en los últimos años



MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
17 MAR 2017 - 09:37 COT



John Malkovich, en 'Desgracia', de Steve Jacobs.

1. Criada

De aquel brillante e irrepetible dream team de novelistas británicos surgidos en los ochenta (por nacimiento: Barnes, Rushdie, McEwan, Swift, Amis e Ishiguro), los que a lo largo del tiempo me han dado más satisfacciones como lector han sido McEwan y Swift. Estos días ando de suerte: tras haber disfrutado con Cáscara de nuez (Anagrama), en la que McEwan vuelve a ofrecer uno de sus tours de force narrativos al contarnos un thriller desde el punto de vista de un (inteligentísimo) feto, he pasado otra tarde estupenda con El domingo de las madres (Anagrama), de Graham Swift, que permanecerá mucho tiempo en mi recuerdo. Su título hace referencia al ya olvidado Mothering Sunday, que se celebra el cuarto domingo de Cuaresma y en el que era tradicional que los señores dieran permiso a sus sirvientes para que festejaran a sus madres. Lo que pasa es que Jane Fairchild, la criada huérfana que protagoniza esta genial novela corta, no tiene a quién festejar. Una providencial llamada telefónica (estamos en 1924: justo el año en que acaba la serie Downton Abbey, con cuyo contexto tiene tanto que ver esta historia) le “ordena” acudir a un placentero encuentro clandestino con el señorito Paul Sheringam, con el que la joven mantiene una relación secreta desde hace siete. Bien: ese día de las madres será fundamental para la posterior evolución de Jane. Un trágico suceso (es decir, un hecho excepcional que, mezclado con la historia de amor, justifica el subtítulo inglés de ‘Romance’) va a ocasionar un drástico cambio en la vida de la criada. De sentirse una especie de “fantasma” destinada a reproducir su destino (“no ver nada, no oír nada, mantener la boca cerrada”), Jane, que disfruta en sus ratos libres leyendo romances de Stevenson o Conrad que obtiene en la biblioteca de sus amos, se convierte en una “observadora profesional de la vida” de los otros y descubre que “las palabras eran como una piel invisible que envolvía al mundo y le conferían realidad”. De ese modo comienza una triunfante carrera como novelista. A los 98 años y después de haber escrito 19 novelas, la antigua criada habla en voz alta (pero no dice todo: la novela abunda en elipsis repletas de significado) de aquel lejano domingo en que todo cambió. Contada en tercera persona y en un medido estilo libre indirecto en el que resuenan, como ritornelos (al modo de Marías), determinados motivos, esta historia (casi) feminista de amor y superación dotada de gran intensidad erótica está a la altura de otras obras maestras del propio Swift como El país del agua (1983) o Últimos tragos (1996).

‘Betty, la fea’ sigue igual 17 años después

Ana María Orozo en el papel de Beatriz Pinzón

‘Betty, la fea’ sigue igual 17 años después

El elenco de la serie original de Colombia se vuelve a reunir en una adaptación teatral


ANA MARCOS
21 ABR 2017 - 08:05 COT





JUAN CARLOS ZAPATA
Betty, la fea, la original, la novela colombiana que llegó a las televisiones en 1999, ostenta todo tipo de récords, incluido un premio Guinness por su éxito. La historia de una joven economista que entra a trabajar a una empresa de moda se contó en 180 países y se adaptó 28 veces. Beatriz Aurora Pinzón era, para muchos, un ejemplo de superación: una chica fea y lista capaz de enamorar a un empresario y galán, y hacerse con el mando de un imperio en el que el físico cuenta más que el intelecto. Ahora, 17 años después de la última emisión, el elenco colombiano lleva a un teatro de Bogotá una nueva versión que, en realidad, es tan fiel a la original que parece un episodio de televisión, pero sobre un plató distinto.

lunes, 24 de abril de 2017

William Faulkner / Citas


William Faulkner
CITAS

Un paisaje se conquista con las suelas del zapato, no con las ruedas del automóvil.


La sabiduría suprema es tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen.


Leer, leer, leer todo, clásicos, desconocidos, buenos, malos, ver cómo escriben, leer y absorberlo. Luego escriba. Si es bueno lo conservas, sino lo tiras por la ventana.

García Márquez / Está bien, hablemos de literatura



William Faulkner
París, 1925

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Está bien, hablemos de literatura

EL PAÍS
9 FEB 1983

Jorge Luis Borges dijo en una vieja entrevista que el problema de los jóvenes escritores de entonces era que en el momento de escribir pensaban en el éxito o el fracaso. En cambio, cuando estaba en sus comienzos sólo pensaba en escribir para sí mismo. "Cuando publiqué mi primer libro", contaba, "en 1923, hice imprimir trescientos ejemplares y los distribuí entre mis amigos, salvo cien ejemplares, que llevé a la revista Nosotros. Uno de los di rectores de la publicación, Alfredo Bianchi, miró aterrado a Borges y le dijo: "¿Pero usted quiere que yo venda todos esos libros?" "Claro que no", le contestó Borges, "a pesar de haberlos escrito no estoy completamente loco". Por cierto, que el autor de la entrevista, Alex J. Zisman, que entonces era un estudiante peruano en Londres, contó al margen que Borges le había sugerido a Bianchi que metiera copias del libro en los bolsillos de los sobretodos que dejaran colgados en el ropero de sus oficinas, y así consiguieron que se publicaran algunas notas críticas.Pensando en este episodio recordé otro tal vez demasiado conocido, de cuando la esposa del ya famoso escritor norteamericano Sherwood Anderson, encontró al joven William Faulkner escribiendo a lápiz con el papel apoyado en una vieja carretilla. "¿Qué escribe?", le preguntó ella. Faulkner, sin levantar la cabeza, le contestó: "Una novela". La señora Anderson sólo acertó a exclamar: "¡Dios mío!" Sin embargo, unos días después Sherwood Anderson le mandó decir al joven Faulkner que estaba dispuesto a llevarle su novela a un editor, con la única condición de no tener que leerla. El libro debió ser Soldiers Pay, que se publicó en 1926 -o sea, tres años después del primer libro de Borges-, y Faulkner había publicado cuatro más antes de que se le considerara como un autor conocido, cuyos libros fueran aceptados por los editores sin demasiadas vueltas. El propio Faulkner declaró alguna vez que después de esos priineros cinco libros se vio forzado a escribir una novela sensacionalista, ya que los anteriores no le habían producido bastante dinero para alimentara su familia. Ese libro forzoso fue Santuario, y vale la pena señalarlo, porque esto indica muy bien cuál era la idea que tenía Faulkner de una novela sensacionalista.

William Faulkner / Leyendas del Misisipi

William Faulkner

William Faulkner

Leyendas del Misisipí


JORGE EDWARDS
13 SEP 1982


Estábamos en el pueblo de Oxford, Misisipí, en el sur de Estados Unidos, reunidos en una conferencia internacional sobre Yoknapatawpha y William Faulkner, conmemorativa de los veinte años de la muerte del novelista. Yoknapatawpha sólo existió en la imaginación de William Faulkner y constituye el espacio ficticio de casi todos sus cuentos y novelas. Todas las regiones imaginarias de la narrativa moderna -la Santa María, de Juan Carlos Onetti, y el Macondo, de García Márquez- provienen de esta idea faulkneriana, concebida un poco antes de 1930, en ese pueblo de Oxford, de inventar, además de un conjunto de personajes, toda una geografía novelesca. En la literatura, la capital del condado se transformó en Jefferson, pero Jefferson, el pueblo de Mientras yo agonizo, de Luz de agosto, de Sartoris, se parece notablemente a Oxford. Tiene la misma corte de justicia en el centro de la plaza, el mismo banco en la esquina, fundado en la realidad por un coronel que fue abuelo del escritor, y un esbelto monumento al soldado de la Confederación, el bando sureño derrotado en la guerra civil de 1861. Los lugareños pronuncian "Yoknapatofa", y éste era el nombre indígena de uno de los ríos vecinos, afluente del Misisipí.

domingo, 23 de abril de 2017

Toda escritura es autobiográfica / Conversación con Triunfo Arciniegas

Jardínes de Luxemburgo, París, 2017
A la derecha, desvanecida, la torre Eiffel.


Triunfo Arciniegas
“Toda escritura es autobiográfica”
Por Belkys Esteban

Cuéntenos un poco sobre el proceso de creación de Cuando el mundo era así. 

Fue un encargo de María Fernanda Paz-Castillo, mi editora. Me invitó a su casa a tomar café y me propuso que escribiera un libro de fábulas para Cataplum. No recuerdo con exactitud su frase. Me prestó algunos libros y nos fuimos de compras a Babel, la bellísima librería de María Osorio, a un tiro de piedra del Park Way, en La Soledad, uno de los barrios plácidos de Bogotá. Durante dos o tres días esculqué mis metederos bogotanos y encontré otras joyas. Me encerré en el hotel y en un mes escribí el libro. Mafe y yo lo trabajamos dos años y medio, mientras Álvaro Sánchez se dedicaba a las ilustraciones y Camila Cesarino a la magia del diseño.



Stand de Cataplum en la Feria del Libro de Bologna
Bologna, Italia, 2017


¿Cómo se siente ser ya una referencia de lectura para grandes y chicos en la Literatura actual? 

Me encanta la noticia, pero me atormenta pensar en lo que no he hecho. Para consolarme, me digo que apenas estoy empezando.

¿Cómo se crea una carrera como la suya?

El secreto es la constancia, mejor conocida como terquedad.  No se puede desfallecer. Existen tentaciones: el misticismo, la política, la buena vida, el matrimonio y sus servidumbres. Pero la literatura es un vicio y, como tal, difícil de dejar.

Cuéntenos algún dato o anécdota de su vida en Santander y su relación con la escritura. 


Nací en Málaga pero vivimos en varios pueblos antes de establecernos en Pamplona. En Málaga se quedaron para siempre mi abuela y mi infancia. Este alejamiento marcó mi vida. Escribí que me fui de Málaga por un sendero de lágrimas y en cierta forma fue así. Para combatir la nostalgia me refugié en la escritura. Le escribí muchas cartas a mi abuela, que no sabía leer ni escribir. De ahí viene todo. De esas cartas. De esa profunda necesidad de contar.

¿Cómo calificaría usted mismo su literatura? 

Difícil decirlo.  Se habla con razón del humor, del disparate, de la locura, pero creo que mi escritura es una exploración del dolor. Otros podrán demostrarlo o desmentirlo.

¿Cuánto de usted hay en los textos que escribe?


Podría decirse que toda escritura es autobiográfica. Sólo que los disfraces son numerosos, como las capas de la cebolla.


Con Paul Verlaine en los Jardines de Luxemburgo
París, 2017


¿Cómo es su proceso creativo?

El proceso de la escritura es mágico. Un mago jamás revela sus trucos. No digo que sea un mago pero me atengo al principio. El secreto mayor es atrapar al conejo por las orejas. Sólo que nunca se sabe cuándo ni dónde aparecerá. El bosque, como bosque que se respete, es un misterio, repleto de conejos escondidos. Pero puedo contarle detalles sobre la mecánica de la escritura. Una materia tan inasible requiere de rutinas muy precisas. Escribo a mano, en libretas o cuadernos, sobre todo cuando viajo, y luego paso a limpio en el computador. Mi letra se parece a la cuerda de secar la ropa. A veces ni yo mismo la entiendo y debo inventar en los atascos. Imprimo y empiezo a corregir. Puedo hacer veinte o treinta versiones de un texto. Una versión es en realidad una copia impresa, y cada copia tiene por lo menos tres minuciosas lecturas. Es un trabajo de años, una larga paciencia. Redondear Caperucita Roja y otras historias perversas me llevó diez años: las historias llegaban cuando se les daba la gana y nada podía hacerse para apurarlas. Cuando me gané el Premio Comfamiliar en el 92 o el 93, apenas era un libro en formación: sólo estaban dos historias del libro definitivo, “Caperucita Roja" y “El sapito que comía princesas”. Las demás eran préstamos que encontraron acomodo en otros libros. Al fin, con diez historias, fue publicado por Panamericana e ilustrado por Alekos. Cuando Mafe me propuso reeditarlo en SM, reescribí todo el libro y añadí una historia, que cierra de manera definitiva este mundo.  Entre la primera historia, “Caperucita Roja”, de mediados de 1990, y “Las razones del lobo”, de principios de 2016, hay veinticinco larguísimos años. De manera que también puedo decir que este libro me costó un cuarto de siglo.

¿Siempre es así?

Por supuesto que no. Escribí La media perdida en diez minutos, un sábado en la mañana, y me ha dejado más regalías que La lagartija y el sol o Mujeres, un libro de poemas, o Noticias de la niebla, que reúne cien cuentos breves. Estos tres títulos me han costado cuartos de siglo de treinta años. Alguna vez, hablando de estos asuntos con los niños, me calcularon como quinientos años.

Considera que Caperucita Roja y otras historias, su libro más vendido, puso su nombre en el mapa de los lectores.

La dicha sucedió antes, en realidad, con Las batallas de Rosalino.  Esta novela ganó el Premio Enka en 1989. Entonces vivía en Bogotá con zapatos rotos y estaba publicando con Carlos Valencia Editores. Margarita Valencia, su feliz editora, me aceptó cuatro títulos: La silla que perdió una pata, La media perdida, El león que escribía cartas de amor, La lagartija y el sol.




¿Hay una historia antes de Carlos Valencia Editores?

Escribía para adultos, y lo sigo haciendo. Gané unos cuantos concursos y publiqué en revistas y periódicos. Publiqué dos libros, El cadáver el sol y En concierto, que luego se transformaron en El jardín del unicornio y otros lugares para hombres solos y Noticias de la niebla.


¿Cuál ha sido el momento más difícil de su vida? Cuéntenos si estuvo relacionado con la Literatura. 


Dice Vallejo en un poema que su momento más difícil no ha llegado todavía. He tenido varios. Ahora recuerdo uno, no tan difícil pero sí definitivo. Estaba en segundo o tercer grado de bachillerato. Había decidido dedicarme a escribir y, para sellar la gravedad del momento, necesitaba decírselo a alguien. Escogí al profesor de español, por supuesto. “Profe, me voy a dedicar a la literatura”, le dije en unas escaleras, y él respondió: “Ah, bueno”, y siguió bajando las malditas escaleras.

¿Si pudiera volver a empezar, qué cambiaría?

La familia. Nacería en una familia de ricos y nunca sería profesor.

Ni escritor.

Tal vez no. Me consolaría fotografiando mujeres desnudas.


Valldemossa, Mallorca, 20|7

¿Si pudiera volver a la época en la que comenzó como escritor, qué cambiaría?

Nunca me han faltado los libros. En mi casa no había libros, nadie leía, pero nunca me han faltado. Siempre tuve una biblioteca pública a la mano, primero en Málaga y luego en Pamplona, y pronto acumulé tantos libros como para varias vidas. Tengo una casa de seis habitaciones repleta y he tenido que guardar en refugios ajenos los libros que quieren escaparse por las ventanas. Pero me han hecho falta amigos. Sé que la escritura es producto del más absoluto de los encierros y sé que a mi vida le ha sobrado soledad. 

¿Qué recomendaciones les daría a los escritores noveles?

Mujeres malvadas.


En serio.

Menos Facebook y menos WhatsApp. En general, menos internet, donde se practica una lectura de picoteo. Hay que leer en serio. Un escritor es esencialmente un lector.  Hay que abrir el libro y dedicarle horas y horas, días y días, hasta acabar, y unos meses o años después hay que volver al mismo libro, como un río que nunca deja de pasar. Los libros que valen la pena son los que precisan las relecturas.


Palma de Mallorca, 17 de abril de 2017


Puede leer una versión de la entrevista en este enlace:
VANGUARDIA LIBERAL
Viernes 21 de abril de 2017