martes, 25 de julio de 2017

Javier Marias / Ese idiota de Shakespeare



ESE IDIOTA DE SHAKESPEARE





Si uno va hoy al teatro se expone 
a cualquier sandez de directores 
que adaptan grandes clásicos 
a las tontunas contemporáneas.

jAVIER MARÍAS
DOMINGO 22 DE ENERO DE 2017

Javier Marías / Más daño que beneficio







javier Marías

MÁS DAÑO QUE BENEFICIO


Francamente, me resulta imposible 
suscribir que Gloria Fuertes 
fuese una grandísima poeta 
a la que debemos tomar muy en serio.


DOMINGO 25 DE JUNIO DE 2017





SI MUCHA gente desconfía del cine español no es por la persecución que el PP y sus Gobiernos desataron contra él en venganza por las críticas y protestas de la mayoría de los miembros del gremio ante la indecente Guerra de Irak apoyada por Aznar, Rajoy y sus huestes en 2003. Los políticos, y en particular los de ese partido, carecen de crédito respecto a sus juicios artísticos. Por desgracia influyen en demasiadas cosas, pero no, por suerte, en lo que sus compatriotas leen o van a ver. La razón principal para esa desconfianza es que durante muchos años los críticos cinematográficos y la prensa decidieron que había que promover el cine nacional, hasta el punto de que casi todas las películas españolas que se estrenaban eran invariablemente “obras maestras”, “necesarias” (el adjetivo más ridículo imaginable) o (cómo detesto ese tipo de expresiones) “puñetazos en el estómago del espectador”. Hay muchas personas ingenuas y de buena fe. Acudían obedientemente a ver los “portentos” y cómo “se incendiaba la pantalla”, al decir de esos críticos paternalistas, y frecuentemente —no siempre, claro está— se encontraban con bodrios y mediocridades y pantallas llenas de pavesas. Ningún puñetazo, sino más bien tedio o irritación.

Gloria Fuertes / Una poeta mayor de edad

Gloria Fuertes, en su motocicleta.
Gloria Fuertes, en su motocicleta.

Gloria Fuertes 

Una poeta mayor de edad

Fue la famosa escritora para niños que salía en la tele, pero también la autora de una poesía desgarrada. En su centenario, varios libros y exposiciones la devuelven a la literatura adulta


EL PAÍS
23 FEB 2017 - 12:08 COT



Esta semana Babelia dedica su portada a Gloria Fuertes, una autora que resurge en el centenario de su nacimiento con el aprecio literario que siempre mereció, más allá del encasillamiento infantil al que fue sometida hasta su muerte. Varias antologías y tributos recuerdan su obra y su figura. “El Ayuntamiento de Madrid, su ciudad, quiere sumarse al homenaje y ahora una plazuela de Lavapiés, barrio donde nació y se crio la poeta, es candidata a llevar su nombre. De fondo, lo más importante: devolver el nombre de Gloria Fuertes a la poesía adulta. O, mejor dicho, a la poesía, toda, sin prejuicios. Rehabilitar la obra de una mujer de personalidad compleja (‘desde siempre mi alma cabalgando al revés’); que al final de su vida se entregó a la literatura infantil (‘no es todo hacer una poesía para el pueblo, sino un pueblo para la poesía’); que logró una voz coloquial única (‘escribo deliberadamente mal para que os llegue bien’) y que siempre estuvo, a su manera sencilla, castiza y juguetona, un paso por delante de su tiempo (‘esto no es un libro, esto es una mujer’)”, escribe en su reportaje Elsa Fernández-Santos.

lunes, 24 de julio de 2017

Purcell / Remember Me / Dido´s Lament


"Remember Me" 
Dido's Lament 
by Purcell-Grigorov-Schwartz
1997


video




Amália Rodrigues / La voz del fado

Amália Rodrigues

Amália Rodrigues

BIOGRAFÍA

La voz del fado

la leyenda Amália Rodrigues y el fado como vehículo expresivo siguen iluminando a las nuevas generaciones

Amália Rodrigues forma parte de esa corporación de voces en femenino que dieron a la canción del siglo XX algunos de sus momentos más intensos y épicos. Alma, corazón y vida. Como Edith Piaf, Judy Garland y otras voces heroicas, la leyenda Amália Rodrigues y el fado como vehículo expresivo siguen iluminando a las nuevas generaciones. Amália. Les voix du fado es un proyecto artístico y homenaje del director franco-portugués Rubén Alves que recupera algunas de las canciones que forjaron la carrera de la cantante portuguesa, ahora revisitadas por las nuevas voces del fado.

Monumento al compositor del Danzón Zacatlán, Pedro Escobedo

Pedro Escobedo
Zacatlán, Méxiico, 21 de julio de 2017
Foto de Triunfo Arciniegas

Realizarán monumento al compositor

del Danzón Zacatlán, Pedro Escobedo


REDACCIÓN INTOLERANCIA
22, FEB 2017 A LAS 10:05
Se recolectarán los recursos por parte del comité encargado del proyecto. La obra será realizada por el escultor César González Alarcón.

El presidente municipal de Zacatlán, Marcos Flores Morales, dio a conocer el proyecto para realizar un monumento dedicado a don Pedro Escobedo Hernández, compositor zacateco autor del Danzón Zacatlán, una de las piezas musicales de este género más conocidas en todo el país.
En conferencia de prensa, Marcos Flores en compañía de un comité que se dedicará a recolectar los recursos y dar seguimiento a este proyecto, presentaron la obra a escala, la cual está diseñada y será elaborada por el escultor César González Alarcón, artista originario de Zacatlán y cuyas obras se encuentran en diferentes puntos del país.
Destacó que la estatua estará ubicada entre los andadores Juárez e Independencia y será de tamaño realista, constará de una banca similar con las que cuenta el Centro Histórico de Zacatlán, en ella estará a un costado sentado la figura de don Pedro Escobedo Hernández con la intención de que los locatarios y turistas se tomen una fotografía con él y conozcan parte del legado musical que tiene Zacatlán a nivel nacional.
Marcos Flores afirmó que este proyecto es la muestra de lo que se puede lograr trabajando en conjunto gobierno y sociedad, realzando el legado cultural que con orgullo se comparte con quien visita el Pueblo Mágico. 
Conversando con el maestro Pedro Escobedo
Zacatlán, Puebla, México, 21 de julio de 2017
Foto de Alejandra Arciniegas
De don Pedro Escobar
Cabe destacar que don Pedro Escobedo, nacido en Zacatlán el 29 de junio de 1924, en 1938 tuvo que dejar sus estudios de primaria para poder trabajar; en ese entonces se desempeñó como bolero y vendiendo periódico. 
Sus inicios como compositor se remontan a Zacatlán, cuando contaba con apenas 14 años de edad. Su primera obra fue precisamente el Danzón Zacatlán.
A sus 14 años entró a trabajar en una empresa que estaba cerca de la estación de radio XEW, donde aprendió de la versatilidad y experiencia de los músicos de ese tiempo, entre los que destacaban “Los hermanos Domínguez”, quienes le ayudaron para que estudiara en el conservatorio nacional en 1940.
Aprendió a tocar el piano, los timbales, la guitarra y las maracas, por lo cual en 1943 recibe la oportunidad de integrarse a la orquesta de don Carlos Campos.
Su obra musical máxima fue y ha sido el Danzón Zacatlán que compuso en 1941 y que dio a conocer en 1944 en el programa de la XEW “Marimbas y maracas”.
Pedro Escobedo y Alejandra Arciniegas
Zacatlán, Puebla, México, 21 de julio de 2017

Don Pedro Escobedo Hernández gozó del aprecio, reconocimiento y cariño del pueblo de Zacatlán, quienes le recuerdan como un hombre sencillo, sereno, afectuoso, carismático y sociable.
El 30 de junio de 1988 recibió un merecido homenaje y reconocimiento en el Centro Escolar Presidente “Juan N. Méndez”, 3 días después, el 3 de julio del mismo año, moriría a causa de un infarto, pero su magna obra siempre hará que viva y se recuerde a este honorable zacateco.
Fue velado frente al palacio municipal y todo el pueblo lloró su partida.
En honor al compositor zacateco, en septiembre de 2011 nace el primer grupo de danzoneros de Zacatlán al que se le ha denominado “Pedro Escobedo Hernández”, el cual está conformado por 25 personas cuyas edades oscilan desde los 14 años hasta adultos mayores. Un grupo que, a decir de sus integrantes, está abierto a todo aquel que desee aprender a bailar danzón. 
Fuente: http://danzonerospedroescobedohernandez.weebly.com/biografia.html

domingo, 23 de julio de 2017

Los mejores libros en español de los últimos 25 años

Roberto Bolaño

Los mejores libros en español de los últimos 25 años

50 críticos, escritores y libreros de ambos lados del Atlántico eligen los hitos del último cuarto de siglo


28 OCT 2016 - 17:19 CDT




1. 2666 (2004) Roberto Bolaño escribió esta novela cuando se sabía sentenciado a muerte y se publicó un año después de su fallecimiento. Salvo quizá su enigmático titulo —el numeral de un año tan distante—, nada revela aquella brega; todo en este relato es la expresión jubilosa de una imaginación en estado de gracia: múltiple, rápida, nítida, juega con ecos de la literatura universal y otros de la propia vida. Es una cumbre de las letras posmodernas —aunque el adjetivo huela ya a puchero de enfermo—, pero lo cierto es que Bolaño es también un post del llamado boom latinoamericano. Su americanidad es quizá menos intensa pero más extensa, más universal: buena parte de su obra es un irónico diálogo con sus grandes antecesores. Las novelas buscan poner orden, pero el Orden es, en el fondo, un reconocimiento y hasta un tributo a la superioridad estética y epistemológica del Desorden y del Caos. '2666' se divide en cinco “partes” que se complementan y que convergen. Un apunte manuscrito (que se reproduce en la más reciente edición) enumera lo que llama las “líneas, puntos de fuga, folletones” que la vertebran. Como 'Los detectives salvajes', '2666' comienza como una 'quest' colectiva en la que vivir y leer se entrelazan; cuatro jóvenes y desorientados filólogos quieren saber más de un misterioso escritor alemán, Benno von Archimboldi, del que nadie sabe nada. Pero, a vueltas de sus erráticos pasos por el campus global, acaban por llegar (como al final de Los detectives…) al Estado mexicano de Sonora: a una ciudad que, bajo el nombre de Santa Teresa, oculta a Ciudad Juárez. En las dos “partes” siguientes rinden viaje en el mismo paraje un exiliado chileno, Óscar Amalfitano, profesor de filosofía al borde de la locura, y un periodista afroamericano, Oscar Fate, cuyo relato es el perfecto remedo de una novela negra clásica. El “folletón” final del libro cuenta la vida de aquel que todos buscan, el escritor Archimboldi, que es un animado cuento de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Que también desemboca en Santa Teresa porque su sobrino es quizá uno de los asesinos. Y en medio, ‘La parte de los crímenes’, narración escueta y sobrecogedora de los feminicidios que desde 1993 hicieron tristemente célebre el nombre de Ciudad Juárez. Ese volcán de horrores es el centro de convergencia de líneas, fugas y folletones. Y estas 400 páginas (de las que ningún lector sale indemne) dan sentido a las otras 800. Un personaje de '2666' dice que prefiere las obras breves a las desmesuradas (cita a Billy Budd frente a Moby Dick, hablando de Melville); Bolaño lo escribe porque, en su caso, pensaba lo contrario. No cabe duda de que es el relato más admirable del último cuarto de siglo. Quizá también lo sea del inmediatamente anterior y es muy posible que lo haya de ser del siguiente. / JOSÉ-CARLOS MAINER



2. La fiesta del chivo (2000) Los años han dado un lugar distinguido a 'La Fiesta del Chivo' en la obra de Mario Vargas Llosa. Junto a sus primeras novelas, clásicos de lectura obligada en la literatura del 'boom' latinoamericano de los años sesenta y setenta, esta novela, que inaugura su obra en el nuevo siglo, es una de las más vendidas hasta hoy, por encima de las posteriores. Y se ha ganado ese favor gracias a una estructura perfectamente engarzada, donde el desarrollo de las tres líneas argumentales se refuerza sostenidamente a un ritmo apasionante de 'thrille'r político e intriga dramática. El eje de esta ficción histórica gira en torno al cruel y endiosado “dueño” de un país sometido a sus antojos durante tres décadas. El general Rafael Leónidas Trujillo gobernó y esquilmó República Dominicana, donde se estima su responsabilidad en cerca de 50.000 muertes. 'La Fiesta del Chivo' se desarrolla a lo largo del último día de la vida del tirano –el 30 de mayo de 1961- y en paralelo relata en detalle las interioridades del complot definitivo para asesinarlo, combinado con la historia de Urania Cabral, víctima de abusos sexuales por parte del dictador. Pero es el conjunto, como patético retrato de un personaje despiadado en la tradición de novelas sobre dictadores latinoamericanos y el universo de rastreras fidelidades, ciega complicidad y codicia de los que se rodeó para ejercer el poder, lo que da ese perdurable interés a esta documentada obra sobre la llamada Era de Trujillo. / FIETTA JARQUE



3. Los detectives salvajes (1998) Puede decirse que 'Los detectives salvajes' es la más importante novela latinoamericana “total” que se ha escrito después del Boom, y posiblemente la última, su canto de cisne, pero es justo añadir también que para lograr eso hay que romper el rótulo “latinoamericano” y cambiarlo por universal. El tema de la novela (y de ahí el guiño policial del título) es tan universal y trascendente como la búsqueda. Arturo Belano y Ulises Lima son tan “detectives” como podrían serlo Edipo o Hamlet. Buscan una verdad. Solo que la verdad de estos detectives literarios no es una vuelta al orden, sino una verdad “salvaje”. Quieren encontrar el principio de todas las rupturas y todas las vanguardias, es decir el principio mismo de la pulsión poética, encarnada en una poeta casi analfabeta llamada Cesárea Tinajero. En esa poeta desconocida anida el fuego inextinguible de la poesía, que es la ruptura. Por tanto, para encontrarla no se necesita romper solo el lenguaje y aplicarse en la vanguardia (el tema central de la primera parte de la novela, el diario de García Madero) sino también sacrificar la vida misma, como lo hizo Rimbaud, pues no hay hallazgo sin extravío. Así, la segunda parte de la novela busca reconstruir, de manera coral y cual sofisticado rompecabezas, los años perdidos de Belano y Lima. Para eso reconstruye los diferentes dialectos latinoamericanos de decenas de personajes secundarios, un carrusel de lenguaje y destreza narrativa que sin duda es lo mejor que se ha escrito en castellano en las últimas décadas. / IVÁN THAYS

sábado, 22 de julio de 2017

García Márquez / El mar de mis cuentos perdidos


EI mar de mis cuentos perdidos



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

25 AGO 1982


Durante muchos años quise escribir el cuento del hombre que se extraviaba para siempre en los sueños. El hombre soñaba que estaba durmiendo en un cuarto igual a aquel en que dormía en la realidad, y también en ese segundo sueño soñaba que estaba durmiendo, y soñando el mismo sueño en un tercer cuarto igual a los dos anteriores. En aquel instante sonaba el despertador en la mesa de noche de la realidad, y el dormido empezaba a despertar. Para lograrlo, por supuesto, tenía que despertar del tercer sueño al segundo, pero lo hizo con tanta cautela, que cuando despertó en el cuarto de la realidad había dejado de sonar el despertador. Entonces, despierto por completo, tuvo el instante de duda de su perdición: el cuarto era tan parecido a los otros de los sueños superpuestos, que no pudo encontrar ningún motivo para no poner en duda que también aquél era un sueño soñado. Para su gran infortunio, cometió por eso el error de dormirse otra vez, ansioso de explorar el cuarto del segundo sueño para ver si allí encontraba un indicio más cierto de la realidad, y como no lo encontró, se durmió a su vez dentro del sueño segundo para buscar la realidad en el tercero, y luego en el cuarto y en el quinto. De allí -ya con los primeros latidos de terror- empezó a despertar de nuevo hacia atrás, del quinto sueño al cuarto, y del cuarto al tercero, y del tercero al segundo, y en su impulso desatinado perdió la cuenta de los sueños superpuestos y pasó de largo por la realidad. De modo que siguió despertando hacia atrás, en los sueños de otros cuartos que ya no estaban delante, sino detrás de la realidad. Perdido en la galería sin término de cuartos iguales, se quedó dormido para siempre, paseándose de un extremo al otro de los sueños incontables sin encontrar la puerta de salida a la vida real, y la muerte fue su alivio en un cuarto de número inconcebible que jamás se pudo establecer a ciencia cierta. Durante mucho tiempo pensé que no había escrito este cuento de horror porque su parentesco con Luis Borges era demasiado evidente, pero además inferior a todos sus cuentos. Sin embargo, ahora que lo recuerdo y lo escribo, he caído en la cuenta de que el cuarto en que lo hago -con la máquina de escribir frente a una ventana por donde se mete sin permiso todo el mar Caribe- es un cuarto igual al que siempre quise para el sueño del cuento: cuadrado justo y de paredes lisas y sin color, con una sola puerta y una sola ventana, y ningún otro mueble distinto de la cama simple y la mesa de noche con un despertador que había de repetirse sin respiro en cada uno de los cuartos soñados, pero que había que soñar en el cuarto real. Ahora que lo veo en la realidad me he dado cuenta de que no era de Borges este cuento, sino de la estirpe más antigua y sobrecogedora de Franz Kafka. En todo caso, nunca lo escribí, y tal vez ése sea su mérito mayor.

García Márquez / El amargo encanto de la máquina de escribir



El amargo encanto 

de la máquina de escribir


Los escritores que escriben a mano, y que son más de lo que uno se imagina, defienden su sistema con el argumento de que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo continuo y silencioso de la tinta hace las veces de una arteria inagotable. Los que escribimos a máquina no podemos ocultar por completo cierto sentimiento de superioridad técnica, y no entendemos cómo fue posible que en alguna época de la humanidad se haya escrito de otro modo. Ambos argumentos, desde luego, son de orden subjetivo. La verdad es que cada quien escribe como puede, pues lo más difícil de este oficio azaroso no es el manejo de sus instrumentos, sino el acierto con que se ponga una letra después de la otra. Se ha hecho mucha literatura barata sobre las diferencias entre un texto escrito a mano y otro escrito a máquina. Lo único cierto, sin embargo, es que la diferencia se nota al leerlos, aunque no creo que nadie pueda explicarlo. Alejo Carpentier, que era escritor a máquina, me contó alguna vez que en el curso de la escritura tropezaba con párrafos de una dificultad especial, que sólo lograba resolver escribiéndolos a mano. También esto es tan comprensible como inexplicable, y sólo podrá admitirse como uno más de los tantos misterios del arte de escribir. En general, yo pienso que los escritores iniciados en el periodismo conservan para siempre la adicción a la máquina de escribir, mientras quienes no lo fueron permanecen fieles a la buena costumbre escolar de escribir despacio y con buena letra. Los franceses, en general, pertenecen a ese género. Hasta los periodistas: hace poco, en Cancún, me llamó la atención encontrar al director del Nouvel Observateur, Jean Daniel, escribiendo a mano su nota editorial con una caligrafía perfecta. El famoso café Flore, de París, llegó a ser uno de los más conocidos de su tiempo porque allí iba Jean Paul Sartre todas las tardes a escribir las obras que todos esperábamos con ansiedad en el mundo entero. Se sentaba muchas horas con su cuaderno de escolar y su estilógrafo rupestre, que muy poco tenía que envidiar a la pluma de ganso de Voltaire, y tal vez no era consciente de que el café se iba llenando poco a poco de los turistas de todas partes que habían atravesado los océanos sólo por venir a verle escribir. Sin embargo, no había necesidad de verlo para saber que era una obra escrita a mano.

García Márquez / ¿Qué libro estás leyendo?

Marcel Proust


¿Qué libro estás leyendo?



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
20 JUL 1983



Hay una pregunta muy frecuente entre escritores: ¿qué estás leyendo? Primero, porque es raro que un escritor le pregunte a otro qué está escribiendo, y segundo, porque se supone que el escritor, por una necesidad propia del oficio, debe estar siempre leyendo algún libro que merece ser recomendado. La respuesta es casi siempre evasiva, porque a partir de una cierta edad uno no sabe muy bien qué libro está leyendo a ciencia cierta, ofuscado un poco por la sensación desoladora de que todo lo que valía la pena ya fue leído en otro tiempo, y las horas que antes se dedicaban a la lectura se nos van ahora en picotear por aquí y por allá, con la esperanza de encontrarse por fin con una nueva e intempestiva revelación. Se ha dicho mucho -y se ha dicho bien- que el hábito de la lectura se adquiere muy joven o no se adquiere nunca. También se dice, quién sabe con cuánta razón, que es necesario inculcárselo a los niños. Parece más probable que se adquiera por contagio: en general, los hijos de buenos lectores suelen serlo también. De modo que el hábito de leer suele ser de la familia entera, Algo semejante ocurre con el gusto por la música. Sólo que en ambos casos la presión de los adultos puede tener efectos contrarios: la aversión a la lectura y a la música. Alguna vez le oí decir a un gran profesor de música que a los niños no se les debía forzar a aprender el piano con aquellas prácticas cotidianas que de veras parecían sesiones de tortura. Su fórmula era más humana: hay que tener el piano en la casa para que los niños jueguen con él.

viernes, 21 de julio de 2017

García Márquez / La mujer que escribió un diccionario

La mujer que escribió un diccionario


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
10 FEB 1981


Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

García Márquez / Un diccionario de la vida real


Un diccionario de la vida real



GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

18 NOV 1981


Hace cuatro años fue llevado a París el cuerpo momificado del faraón egipcio Ramsés II para ser sometido a un examen médico que determinara la naturaleza y el remedio de una floración parasitaria que amenazaba con destruirlo. Puesto que era el cadáver del monarca de un país con el que Francia tiene buenas relaciones, el presidente de entonces, Valéry Giscard d'Estaing, lo recibió en el aeropuerto con honores militares. Pero no fue ese el problema más difícil que planteó el examen del cuerpo, sino otro menos convencional y tal vez sin solución: las vísceras estaban rellenas con una especie de aserrín de diversas materias vegetales, y entre ellas, picadura de hojas de tabaco. Aquel descubrimiento parecía un disparate histórico. En efecto, Ramsés II murió en 1235 antes de Cristo. Es decir, hace 3.000 años, y es una verdad aceptada por todo el mundo que el tabaco fue descubierto por Cristóbal Colón y llevado por él a Europa después del descubrimiento de América. El hecho de que un faraón milenario lo tuviera en las vísceras, sin embargo, ha puesto a pensar en la posibilidad de que los egipcios conocieran el tabaco, pero no para fumarlo, sino para usos medicinales, y muy en concreto para embalsamar a esos faraones que creían seguir vivos mientras se conservara su cuerpo.

García Márquez / La vaina de los diccionarios



La vaina de los diccionarios


Uno de los placeres de la vida es encontrar las imbecilidades de los diccionarios. Para mí, en especial, constituyen una cierta forma de venganza contra el destino, porque mi abuelo el coronel me enseñó desde muy niño que los diccionarios no sólo lo sabían todo, sino que además no se equivocaban nunca. El suyo, que era un mamotreto muy viejo y ya a punto de desencuadernarse, tenía pintado en el lomo un Atlas corpulento con la bola del mundo sobre los hombros. "Esto quiere decir que el diccionario tiene que cargar con el mundo entero", me decía mi abuelo, a quien, sin duda, no se le ocurrió nunca buscar la nota sobre Atlas en el propio diccionario. De haberlo hecho, se habría dado cuenta de que ese dibujo era un error muy grave. Atlas, en efecto, era uno de los titanes de la mitología griega que provocó una guerra contra los dioses, por lo cual lo condenó Zeus a sostener el firmamento sobre sus espaldas.El firmamento, por supuesto, y no el mundo, como estaba dibujado en el lomo del diccionario, porque ni el propio Zeus sabía en sus tiempos que la Tierra era redonda como una naranja.

jueves, 20 de julio de 2017

García Márquez / Mi Hemingway personal

Ernest Hemingway

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


MI HEMINGWAY PERSONAL


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
29 JUL 1981


Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda el hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir. Por una fracción de segundo -como me ha ocurrido siempre me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de Prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante. sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooos, amigo». Fue la única vez que lo vi.